Impresión sobre el Diccionario general de la literatura venezolana, de Víctor Bravo (coord.)


En esta reseña de Omar Osorio Amoretti se evalúa críticamente una de las últimas publicaciones coordinadas por el crítico literario Víctor Bravo sobre literatura venezolana.

Por Omar Osorio Amoretti

@osorioamoretti

 

Si las historiografías literarias son escasas en Venezuela, mejor no hablemos de los diccionarios de literatura: son especies en peligro de extinción desde su origen.

La primera edición con esos requisitos es del año 1974 con el famoso Diccionario General de la Literatura Venezolana, publicado en  Mérida por el Instituto de Investigaciones Literarias Gonzalo Picón Febres, para entonces bajo la dirección de Lubio Cardozo. Treinta y nueve años después salió no una reimpresión (aunque el título lo siguiera) sino un nuevo título con más de tres mil entradas, muchas de ellas actualizadas según los tiempos más recientes, ahora bajo la coordinación de Víctor Bravo.

El hecho de por sí es algo que debería alegrar a la comunidad estudiosa de la literatura y al público conocedor de la materia. Es una lástima que su lectura termine por borrar nuestra sonrisa.

La maldición de las segundas partes

Primera edición del Diccionario general de la literatura venezolana, coordinado por Víctor Bravo. Foto: Omar Osorio Amoretti. Dilatar la Pupila. Blogs de literatura

Primera edición del Diccionario general de la literatura venezolana, coordinado por Víctor Bravo. Foto: Omar Osorio Amoretti

Ya sabemos el dicho acerca de las segundas partes. Si bien es una respuesta ingeniosa, en este caso no aplica. Luego de un buen tiempo hojeándolo, mis razones son simples: el libro es de poca ayuda al momento de investigar y tiene varios problemas en su diseño. Ambas cosas además se entrelazan.

Me da la impresión de que Bravo no aplicó prácticamente criterios con los cuales organizar el volumen de contenido con el que lidió. Claro, están las categorías básicas que dan cierto sentido a lo leído: autores, obras, movimientos, grupos, revistas, géneros, generaciones, regiones, premios y entradas especiales. Con todo, se sabe que para que un diccionario (y cualquier trabajo colectivo en general) tenga, digámoslo así, personalidad, coherencia y uniformidad como propuesta libresca debe ir más allá de las simples nominaciones.

Evitaré un análisis exhaustivo y tomaré, en cambio, los elementos más representativos del texto para ilustrar mejor sus fallas.

Precaria labor de corrección

Ya sé qué pensará el lector: otro “policía del lenguaje”, como decía Rufino Blanco Fombona,  o tal vez “cazador de gazapos”, si lo de ellos es Jesús Semprum.

No hay tal, pero las cosas como son. Se trata de una publicación proveniente del mundo de la literatura (uno de los estados más complejos de cualquier idioma), hecho por investigadores y estudiantes del área de Letras cuyo oficio suele ser (además de pensar críticamente), leer, leer y leer. ¿Cómo se justifica que aparezca Alberto Barrera “Tiszka” en el título de la entrada? ¿Que se hable de Blanca de “Torrestrella”, de Julio Calcaño? ¿Qué haya palabras con letras faltantes o de más?

Este tipo de errores, de los cuales nadie puede decir que está exento, pudiesen haberse subsanado de haber tenido una labor de corrección. Tal parece que en nuestro país es una actividad desestimada incluso en espacios de las humanidades.

Inconsistencia en el tipo de lenguaje

Un diccionario de lo que sea es ante todo un instrumento pedagógico e ilustrativo. No importa cuán compleja sea la materia, debe cumplir con brindar la mayor cantidad de información disponible para un lector. No es, por ejemplo, lugar para proponer nuevas interpretaciones contrarias a una tradición disciplinaria, las cuales requieren en muchos casos de validación por los miembros de esa comunidad.

Por desgracia, este vicio es una constante a lo largo del título. Y es un problema serio, porque quien desee adentrarse por primera vez en algún autor o tema sencillamente se llevará un chasco. El lector inteligente de seguro dejará de leer, pero quizás uno menos experimentado tendría una lucha que no habría vivido ni Jacob contra el ángel.

Supongamos que alguien oyó hablar de Ifigenia (1924) de Teresa de la Parra y quiere saber más sobre el texto. Para hacerle homenaje al realismo mágico, este diccionario estaba en su casa sin él saberlo, así que lo consulta. Cuando encuentre la entrada en la página 296 se encontrará con las siguientes líneas iniciales:

“El problema del sujeto y de la verdad será planteado en 1924, en Ifigenia, de Teresa de la Parra. Michel Foucault ha observado que en el centro de la literatura moderna nace la pregunta: ¿quién habla? En la carta o diario de María Eugenia Alonso, el personaje de la novela de la divina Teresa, la pregunta se amplía en espectro de complejidad: ¿por qué se escribe?”.

Ante esto, el lector se sentiría más confundido que antes. ¿Problema del sujeto? ¿Michel quién?, se dirá. Y razón no le faltaría: se trata de un discurso propio de un ensayo, un capítulo de tesis, un paper, incluso de una reseña, pero jamás de un diccionario. ¿Qué ideas se puede sacar si se está ante una propuesta de lectura? ¿Cómo discute y se nutre un lector promedio (incluso un especialista: no ha nacido el Luis XIV de la crítica que diga: “La literatura venezolana soy yo”) si ni siquiera conoce los hechos, fundamento de todo conocimiento científico?

Escasos investigadores

Si tuviésemos que decir qué parte del tráiler fue interesante leer antes de comenzar a revisarlo a fondo fue la siguiente: “El proyecto convocó la participación de especialistas del país y fuera de él, y la respuesta generosa y activa de grupos de investigadores hace hoy posible que el Diccionario se constituya en la presencia de una multiplicidad de perspectivas sobre nuestra literatura” (p.10)

¿Cuál es la sorpresa? Cuando comienza la pesquisa un nombre se repite con insistencia: “Redacción”.  Prácticamente todo el texto está bajo esa autoría, lo cual termina por menguar el prestigio de la empresa. A fin de cuentas, ¿dónde están los especialistas que sustentan el contenido?

Aunque lo más asombroso es que varios de los investigadores comprometidos en el proyecto están muertos, varios incluso desde el siglo pasado: Pedro Pablo Paredes, Pedro Grases, Ángel Rama, Orlando Araujo, Juan Liscano, Domingo Miliani, Edoardo Crema, Efraín Subero, Julio E. Miranda, Luis Correa, Leoncio Martínez, Esdras Parra y paro de enumerar. De ser ciertas las palabras de Bravo, lo verdaderamente portentoso de esta obra estaría no en brindar nueva información en tres mil entradas, sino en haber conseguido lo imposible: la colaboración de verdaderos “escritores fantasmas”.

Temas ajenos a la naturaleza del texto e información errónea

Se entiende que el Diccionario general de la literatura venezolana quiera ser lo más amplio y democrático posible, con las limitaciones del caso. Con todo, esto no debería ser sustento para incluir temas ajenos al objetivo de lo que se ha asumido como literatura.

No tiene sentido, siguiendo esta línea, la aparición de entradas relativas a las revistas Gastronomía y vino, Extracámara o Estilo, por muy famosas y relevantes que hayan sido en las áreas de la gastronomía, la fotografía y el periodismo respectivamente. No forman parte de un eje articulado con anterioridad, sin mencionar que le hace un flaco favor a estas revistas, pues además de desvirtuar el proyecto del libro condena esa información al olvido eterno. Difícilmente un cocinero buscaría la referencia ahí.

Otro punto importante está en la inclusión de autores que no tienen obra literaria (al menos para el momento de su publicación) como José Sant Roz, Teodoro Petkoff, Simón Bolívar o Rómulo Betancourt.

¿Qué ha pasado? Tengo una teoría: han caído en el lugar común de incluirlos como ensayistas. Y acá hay un error conceptual grave, consistente en asumir que el ensayo como género incluye cualquier contenido vertido en prosa. No es verdad. La consecuencia inevitable de esta medida será que todos los que tengan libros deberán entrar en el diccionario.

El resultado impresionaría al alquimista más experimentado, pues el libro pasaría por arte de magia a transformarse en un diccionario de escritores venezolanos (y antes de  que les invada la pregunta, respondo: no, no es exactamente lo mismo. Échele un vistazo al Quiénes escriben en Venezuela, de Rafael Ángel Rivas Dugarte y Gladys García Riera si aún lo dudan).

Si hemos de considerar al ensayo como una de las formas estéticas (al menos desde Michel de Montaigne hasta nuestros días) debemos incluir sus aspectos distintivos tales como el predominio de una subjetividad rectora del discurso, la falibilidad de las ideas expresadas, el compromiso por un lenguaje acrisolado, con cierto grado de protagonismo en el texto, la atmósfera de experimentación en el plano del pensamiento, por solo mencionar unos aspectos.

El crítico literario Víctor Bravo. Dilatar La Pupila. Blogs de literatura.

El crítico literario Víctor Bravo.

Apreciación definitiva

Se trata de un proyecto necesario a la luz de los tiempos que corren que nació sin haber tenido los parámetros de acción adecuados. Poco importa que haya la voluntad, los recursos y el talento si no hay una planificación de antemano, una hoja de ruta con objetivos y métodos claros de acción.

Como lectores, nunca está de más tener un texto con ciertos datos actualizados (siempre y cuando se corrobore con otras fuentes: algunos de estos están errados). Como investigadores, la presencia de este texto debe ser fuente de estudios para saber qué errores deben evitarse al momento de realizar un proyecto similar. Ejemplaridad negativa, le llaman.

 

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¡Hasta pronto!

 

Datos bibliográficos

Título: Diccionario general de la literatura venezolana

Autor: Víctor Bravo (coordinador general).

Editorial: Monte Ávila Editores Latinoamericana.

Año: 2013. Primera edición.

Páginas: 663.

 

Acerca de Omar Osorio Amoretti

Omar Osorio Amoretti. Caracas (1987) es profesor e investigador (USB | UCAB). Licenciado en Letras y maestría en Historia de Venezuela por la Universidad Católica Andrés Bello. Ha publicado: José Rafael Pocaterra y la escritura de la historia (Equinoccio, 2018).
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