Al encuentro con Carlos Cruz-Diez


   Conocí a Carlos Cruz-Diez gracias a la iniciativa de mi amigo Joel Bracho Ghersi de llevarlo a la Universidad Católica Andrés Bello. Estábamos cursando el segundo año de Letras. El Centro de Estudiantes de aquel entonces, conformado por varios de mis amigos, había contemplado que el maestro fuera a la universidad a dictar unas charlas. Durante una de ellas vimos el documental La vida en el color, de Cine Archivo Bolívar Films y dirigido por Oscar Lucien, que para ese momento acababa de salir; y en la otra, Cruz-Diez nos dio una clase magistral de Historia del Arte. Lo recuerdo hablándonos de El matrimonio de los Arnolfini, de Jean Van Eyck o de El origen del mundo, de Courbet. Durante la ronda de preguntas, le pedí a Omar Osorio Amoretti que le preguntara a Cruz-Diez algo que para aquel instante no intuía que fuese tan incómodo y fastidioso responder para estos artistas: «¿Qué es la belleza para los cinéticos?». El maestro respondió algo así como: “eso” y señaló alguna diapositiva con una imagen de su obra. Sin saberlo, ese día nació mi tema de tesis para obtener la licenciatura en Letras. Al principio, pensaba estudiar la concepción estética en el discurso y la obra de Carlos Cruz-Diez y Jesús Soto. Sin embargo, como toda tesis debe delimitarse, mi tutor, Gabino Matos, y yo decidimos que el estudio contemplaría solamente a Soto. Decisión que deben agradecer mis padres, puesto que, de lo contrario, posiblemente todavía estuviera escribiendo páginas al respecto.

   Años más tarde, cuando, en el proceso de la realización de mi tesis, decido ir al Museo de Arte Moderno Jesús Soto, le hago la misma pregunta sobre la belleza a Marisela Soto, sobrina del artista, quien me responde ―acabo de advertir la misma respuesta mientras escribo estas líneas― que la belleza es eso (y me señala el Penetrable amarillo, instalado en el patio del Museo de Ciudad Bolívar).

   Debo confesar que yo pensaba que una obra tan matemática, donde todo debe ir perfectamente estructurado, que se ve tan simétrica, debía tener una concepción de la estética exacta al arte griego, donde hay proporción, armonía y belleza. Estaba en segundo año de Letras, insisto, y no había leído mucho sobre estética, ni sobre arte cinético, menos las entrevistas a los artistas, y ni siquiera sabía que para ellos lo que se conoce como cinetismo, no es sino arte cinético, puesto que, lo repitió mucho Jesús Soto, ellos no hicieron un “ismo”, ni hubo un plan en el que contemplaran qué iba a hacer cada quien, ni bajo qué parámetros lo iba a realizar.

   La belleza, entonces, en el arte cinético no es algo traducible; es un asunto vivencial, que además depende de cada quien y de ese momento en el que obra y sujeto se consuman, se unen (instante que sería simbólico para Hans-Georg Gadamer). Todo juicio de gusto es relativo, decía Kant. Por lo tanto, lo que es bello para mí, no necesariamente tiene que serlo para otro y viceversa. La obra cinética (sea una Fisicromía, o una Cámara de cromosaturación) debe vivirse más que narrarse; demanda un presente, una situación espacio-temporal parecida a la que se ejecuta cuando se lee, cuando se escribe, cuando se baila. Incluso, Cruz-Diez  dice en la conversación que mantuviera con el crítico de arte Ariel Jiménez, titulada Carlos Cruz-Diez in conversation with/ en conversación con Ariel Jiménez, que el arte cinético, más allá de referir el tiempo del que hablaba Heráclito, demanda un eterno presente, o más bien, un tiempo cíclico, un eterno retorno: un volver a la obra para vivirla una y otra vez.

   Otra oportunidad en la que vi a Carlos Cruz-Diez fue en el Palacio de las Academias. Allí recibiría una distinción por parte de la Academia Venezolana de la Lengua. En el encuentro nos dijo a mis amigos y a mí que: “El arte es como lanzarse en paracaídas sin la certeza de que este abrirá o no”. De eso no solo se trata la experiencia artística, sino la vida misma. Y esta frase habla también de un artista que intenta, que busca, que se equivoca y que vuelve a intentar hasta obtener el efecto que andaba buscando en su obra plástica. Cruz-Diez es un artista investigador, como lo fue Soto, y en tanto, nos recuerda que “El artista debe no necesariamente teorizar sino materializar. Ideas solas intoxican”. Creo que estas palabras deberían ser una suerte de “mantra” para los artistas de hoy en día: no basta con crear, no es suficiente la “idea genial” llevada a la práctica; se requiere reflexionar sobre lo que están haciendo, buscar el para qué y el por qué. Detrás de toda experiencia cinética hay un pensamiento que la respalda; no es una obra producto de mera casualidad. Pero después de hecha la obra también es necesario seguir pensándola. El arte, entonces, es más que experiencia.

   Se ha hablado mucho de una hegemonía cinética o de lo fuerte que es la herencia abstracto-geométrica en el arte venezolano actual y yo creo que es inevitable voltear la mirada a lo que significa que dos artistas plásticos venezolanos (Cruz-Diez y Jesús Soto, en su momento) escriban líneas de ese gran texto que es la historia del arte.

   Cruz-Diez ha dedicado su vida al estudio del color, a decirnos que este existe de manera autónoma. En una Cámara de cromosaturación el color lo ocupa todo, lo “colorea”, se convierte en atmósfera que cambia cuando el espectador, convertido en participante, se pasea por cada uno de los ambientes de esta sala. Sucede así la fiesta, una situación a la que todos llegamos de manera extemporánea, pero a la que asistimos porque hemos sido convocados. Se trata también de una manera cercana a la felicidad. Soto decía que eran los ancianos y los niños los que más disfrutaban una obra cinética, y en el caso de Cruz-Diez, el investigador Ariel Jiménez también ha hablado de un arte que redime el espíritu, sin necesariamente ser un arte espiritual y sin que esto signifique tampoco que el color tiene alguna connotación simbólica al estilo de las propuestas que hiciera Kandinsky.

   Sirvan estas palabras como un homenaje a un artista admirado y como una invitación a hacer vivir las obras cinéticas, pues como le decía Cruz-Diez a Leonardo Padrón en su entrevista para Los imposibles I: “Mi obra muere cuando el espectador se detiene ante ella”. Que la obra no muera; que busque la vida en el encuentro con el receptor. Que sea el trabajo plástico el que hable y que el espectador escuche todo lo que tenga que decir.

Acerca de Krislia Grimán

Caracas (1988). Licenciada en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello. Ha cursado diversos estudios en artes, entre los que destaca la realización del Diplomado Avanzado en Historia del Arte Occidental en el CELAUP-UNIMET. También realizó el Diplomado en Edición dictado por Cavelibro y la UCV. Es coautora del libro de Educación Artística para Segundo Año, publicado por la Editorial Santillana en Venezuela. Igualmente, ha ejercido como docente de educación media, en las áreas de Castellano y Literatura. Actualmente cursa la maestría en Artes Plásticas: historia y teoría en la Universidad Central de Venezuela.
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