Carta abierta de Mariano Picón Salas a Pedro Sotillo


   Para el año 1939 Pedro Sotillo, quien fuera uno de los exponentes de la llamada generación del 18, publica en los Cuadernos Literarios de la Asociación de Escritores Venezolanos Andanza, libro que recopila los poemas que fue escribiendo desde 1921. Notablemente satisfecho por su calidad, Mariano Picón Salas le escribe una carta abierta en El Universal donde, luego de recordar aquellos años mozos que ambos vivieron en la capital durante la década de los veinte, determina cuál es el valor que tiene la edición del poemario dentro del contexto poético de finales de los treinta.

    Más allá del juicio realizado por una de las plumas más elegantes, agudas y prolíficas de la crítica nacional (para el momento tenía en su haber más de cinco títulos publicados y ya venía en camino Formación y proceso de la literatura venezolana), esta carta es relevante para conocer la cultura letrada en pleno apogeo de la dictadura de Juan Vicente Gómez (1908-1935). En ella se nos hace una radiografía rápida de cómo era el modo de vestir, las lecturas realizadas, los problemas, los disfrutes y la dinámica cultural de aquellos jóvenes que, con el tiempo, serán figuras referenciales en la historia de la literatura venezolana. Se trata, en definitiva, de una visión testimonial de aquellos años duros que no fueron plenamente oscurantistas (como lo hace suponer la leyenda negra del gomecismo) pero tampoco llenos de facilidades para la labor intelectual.

   Se ha respetado la ortografía de la época. En aquellos casos donde exista posibilidad de interpretarse como error de transcripción se ha colocado “(sic)”.

Foto Pedro Sotillo, sin fecha, en Obras, ediciones La casa de Bello, p. III.

Foto Pedro Sotillo, sin fecha, en Obras, ediciones La casa de Bello, p. III.

   Mi querido Pedro Sotillo:

   En 1920 ó 1921 cuando caíamos en Caracas por caminos opuestos, tú de tu alto Guárico, bachiller ya en anécdotas, agudezas y lirismo llanero, poblado de tus historias de caudillos, ducho de densa criolledad, de caballadas y corridos, de esteros y horizontes y yo de mi montaña donde a falta de rebaños pastoreé nieblas, y soñaba, también, en cuentos y poemas que nunca hice y que no tenía el talento para hacer, en 1920 los mozos que deseábamos la fama literaria nos vestíamos de paltó-levita los domingos, y esperábamos emular a aquellos que antes de nosotros ganaron un retrato y se definieron como recientes promesas desde la páginas de las revistas ilustradas. Tú también –no lo olvides– tuviste un paltó-levita y un chaleco de fantasía verde con cuyo indumento, la palabra fácil y lo que el viejo Cervantes llamó tan amablemente la “fuerza de la sangre” te instalastes [sic]  a esperar la gloria. A pesar de la tiranía, incrustada como un tornillo monstruoso en el corazón de la ciudad, de la tiranía que aparecía por cualquier esquina y cuando menos queríamos verla en la cara de los polizontes, de la Tiranía que se instalaba de pronto en nuestras reuniones de estudiantes aún cuando le pusiéramos una pantalla de floreados e inofensivos versos, de la Tiranía que una vez nos condujo a esperar la excarcelación de Arvelo Larriva y vimos salir al Caribe Vidal arrastrando unas barbas que hubieran sido folletinescas si en ellas no se enredara y congelara toda la tragedia de Venezuela; a pesar de todo ello –y por la sola razón de que aún

Juan Vicente Gómez and Eleazar López Contreras...

Juan Vicente Gómez y Eleazar López Contreras en Maracay, 1934.

no cumplíamos los veinte años– la Caracas de entonces tenía aspecto sumamente amable. La calle Candelaria se había especializado en ventanas y ojos negros. Allí llenas de ardor callado o de voluptuosidad lánguida, comparecían aquellas últimas niñas que tuvieron album [sic] y novios ventaneros. Eran las mismas muchachas que asistían a los recitales del Capitol [sic] donde Andrés Eloy le sacaba verónicas a los versos como el gallo a los toros; donde Luis Enrique venía de un país nórdico, joven príncipe de Elsinor con su poesía de grandes símbolos, y Jacinto, Rodolfo Moleiro y acaso tú, cantaban entre los más nuevos. Paz Castillo, doctorado de humo y de ausencia, con su puro de Cumaná era Fernando el taciturno; y Enrique Planchart parecía un joven y tremendo Racine, amigo de los versos castigados, de alivianar las palabras que siempre pesaron mucho en el trópico y de ciertos efectos de atmósferas, de luz y color gasificado que él había aprendido de sus impresionistas franceses. Siendo aparentemente el más discreto era acaso Enrique el más loco porque gustaba entonces de la ruleta de caballitos y de aquellas tertulias casi metafísicas donde el decorador ruso Ferdinandoff [sic] que había decorado su taller como el fondo del mar, con profundos azules abisales y en el momento en que según Ferdinandoff [sic] comenzaban a nacer las perlas. Con Enrique y Vicente Fuentes aprendimos a ver algo del paisaje de Caracas; subíamos por el monte de Piedad, explorábamos Catia que era entonces un suburbio de diseminadas casas y como estábamos leyendo a Baroja nos gustaba ver las carretas que venían de La Guayra y se detenían en cierta posada de corredores; hablábamos con los carreteros, y obsesionados del famoso conspirador Eugenio de Avinareta sentíamos las quebradas y callejuelas en pendiente, aquel dédalo arquitectónico de las colinas de Caracas como posible sitio de revuelta y conjura contra el tirano. Esto era Baroja puro, y ciertas imágenes de ciudades españolas vistas con sus barbacanas, sus fosos y sus torres, sus cargas de fusilería liberal o carlistas en viejas estampas o novelas de subido color romántico. Pero había otras tardes que más que a las intrigas barojianas las dedicábamos a Antonio Machado o al imponderable don Ramón que influyó con sus guerrilleros de refrán y contumelia, en algunos de tus primeros cuentos. En esa compañía y literatura de fresca data, Ramos Sucre venía a poner a veces la dignidad de algunos exámetros [sic]. El había leído a Homero en griego y sabía juntar en su propia escritura –como en algunos paisajes de Chirico– Apolos y Minervas, desoladas Ifigenias, torsos y frisos destruidos. El mismo se llamaba el argonauta sin vellocino. Su trágico romanticismo temperamental encontraba esta contención de forma de la forma clásica y las pocas Humanidades de nuestra desamparada generación, nos llegaron un poco a través de Ramos Sucre.

   Pero, ¿por qué recuerdo ésto, querido Pedro y convoco sombras y tiempo pasado para hablarte de tu reciente libro de versos? Porque por un proceso subconsciente tu libro tiene para mí esta virtud de evocación e imagen. Con él rehago uno como camino de reconocimiento y retorno. No son sólo las “Andanzas” tuyas sino un poco la de todos que te acompañamos a ver tejados y montes en aquellos días. Hay una patria íntima, menuda y saudosa –patria de nuestros años estudiantiles– que está metida en esos poemas. Con los objetos y los seres están también revolviéndose los libros y las influencias de entonces: el “Lunario Sentimental” de Lugones que nos enseñó a mezclar lo lírico y lo humorístico; los “esperpentos” de Valle Inclan [sic], la sencilla nobleza de Antonio Machado. Pero los aires literarios de aquella época, y el surrealismo que llegó después y al que ofreciste dos o tres imágenes de tu libro, todo eso se venezolanizó y se hizo oriundo de la parroquia de Altagracia como ocurre en el encantador romance de “El Santo, la Parroquia y el Héroe” donde San José –el santo que no sabe Latín– es un buen maestro cumplidor que pule sus listones de cartán, sus tablas de cedro amargo y lo llamamos “compadre” como a tantos artesanos que tienen banco y cepillo y lengua sabrosa de cuentos, en muchos pueblos de la provincia venezolana. Allí enciende el último farol; una mano de mujer descorre la última ventana de romanilla y hay el escándalo del borracho municipal que auténticamente nuestro sabe retazos  de discursos patrióticos, conoció al Mocho Hernández y termina su noche de monólogo y de ron vivando al “bravo pueblo”.

   Déjame, por ello, celebrar el color y el calor honrado de tierra nuestra, que fijaste en tu “Andanza”. Hoy algunos poetas confunden la profundidad con la pedantería. Mencionan la palabra “trasmundo” y creen que han embotellado el misterio del Universo. Para no parecer románticos se sublevaron contra la Luna, pero se fueron a Saturno. En su viaje estelar creen haber asido la cabellera de los cometas y jugado con el anillo igneo [sic] sobre el que giran los planetas nuevos. Desde allá en onda corta, interrumpido por las cometas planetarias, mandan su entrecortado mensaje. Venezuela les quedó muy lejos. En ti, venturosamente, las palabras son limpias, caseras y gozan de buena salud. No te has puesto pálido ni vienes ensimismado como los que recibieron la tremenda revelación astral.

   Tu afectísimo compañero,

Mariano Picón Salas, Caracas, 1919. En Rafael Pineda, Iconografia de Mariano Picón Salas, Biblioteca Ayacucho, p. 57.‏

Mariano Picón Salas, Caracas, 1919. En Rafael Pineda, Iconografia de Mariano Picón Salas, Biblioteca Ayacucho, p. 57.‏

   Mariano Picón Salas.

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Acerca de Omar Osorio Amoretti

Caracas (1987). Licenciado en Letras y magíster en Historia de Venezuela por la Universidad Católica Andrés Bello. Profesor de la cátedra de Literatura y Comunicación, en la Escuela de Comunicación Social, de la misma casa de estudios. Profesor del Departamento de Lengua y Literatura de la Universidad Simón Bolívar. Fue colaborador del Diario 2001, específicamente del suplemento Día-D, para el cual escribía la columna dominical Ecos de Lectura, destinada a las reseñas de libros.
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