La ficción en su espacio absoluto. «La única hora», de Alberto Hernández.


Por Omar Osorio Amoretti

@osorioamoretti

Reseña de la novela La única hora, del escritor venezolano Alberto Hernández. 

Para muchos, el nombre de Alberto Hernández (Guárico, 1952) aún es indisoluble de la poesía. Sin importar su prolongada producción en el área del periodismo (en la cual ha recibido este año la orden Analuisa Llovera por parte del Colegio Nacional de Periodistas del estado Aragua) o su reciente incursión en el cuento con Relatos fascistas (2012, Umbra / Ediciones de Lavapiés), el peso de una tradición lírica vasta y de calidad ha terminado por hacer sombra a una pluralidad de registros que el autor continúa desarrollando, tal y como podemos ver con la publicación de La única hora, hasta los momentos la primera obra novelesca y la segunda desde el punto de vista narrativo.

  Quizás el sustantivo que funcione como principio exegético globalizante de las casi ciento cincuenta páginas del texto se encuentre en la palabra “juego”. Es precisamente una experiencia lúdica la que vive el lector cuando, al principio de la historia, todo parece indicar que se está ante una trama de corte realista, con alusiones a eventos y personajes contemporáneos de la vida política nacional y un sustrato temático amoroso (por no decir romántico) y de pronto estos referentes le son timados al desnudar el tradicional, pero no por ello menos complejo, convencionalismo de lectura e instaurar en la narración una plena autoconciencia ficcional por parte de los protagonistas, los cuales no solo se saben entes de papel sino además conversan con el autor de la novela, lo agreden, lo interpelan. En ese momento en el que se caen las máscaras del artificio inventivo, Alberto Hernández establece una comunión activa con el receptor en donde los límites prácticos entre realidad y ficción se borran de manera temporal y obligan a este a forjar sus propios linderos, a formar parte del discurso que discurre en esas páginas y no descansar la mirada ni sus facultades intelectivas en la consecución de esa actividad desinteresada, casi gratuita, que se lleva a cabo con el libro. Tal vez ahí radique nuestro asombro a la mitad del relato, cuando el viraje era insospechado y a partir de ese momento se vuelve inevitable, y a su vez nuestra incapacidad de concluir artísticamente su decodificación, tan atentos como estuvimos a las sinuosidades de una historia maleable, proteica, casi acuosa. Solo la llegada del punto final nos permitirá ejecutar ese mutis tan anhelado y desde ahí tomar distancia del objeto para evaluar aquellas aristas estéticas no percibidas durante el proceso anterior.

  En ese sentido, la novela presenta dentro de los parámetros arriba mencionados un escenario donde, al decir de la famosa obra de Salvador Garmendia, las cosas ocurren en El único lugar posible. Llámese  imaginación, ficción, metaficción o literatura en tanto espacio autónomo de ejecución, solo ahí es posible congeniar la muerte de Chávez y un encuentro frente a frente con Guillermo Cabrera Infante en una biblioteca de Londres en pleno 2013 o encontrarse con personajes que mueren y vuelven a revivir por obra y gracia del espíritu laico (que, como sabemos, lo es toda voluntad creativa del autor). Con esto el absurdo, el uso estandarizado del lenguaje en todos los personajes, el sinsentido, lo irónico y la inverosimilitud presentes forman parte de lo necesariamente verosímil del texto, en una suerte de uso lógico de lo ilógico que potencia el juego proyectado por su creador desde el principio de este mundo potencial.

  No menos llamativo es el uso del lenguaje poético en la narración. Curtido en el empleo de imágenes sugerentes y asombrosamente exactas, no hay metáfora anodina ni símil desvencijado en sus párrafos, lo cual delata un trabajo de filigrana por parte de Hernández, quien lo ha llevado a la categoría del estilo, tal y como podría verse en la construcción de capítulos breves y frases lindantes con el aforismo.

  Con todo, percibimos cierta anomalía en la creación de la novela que nos hace caer en esa mala costumbre de la crítica ya señalada por Simón Bolívar de entrar alabando para salir mordiendo, pues una vez pasado por el momento lúdico y finalizada la lectura, no creemos haber visto un principio rector claro desde el punto de vista macro. Tan solo observamos una vivencia movida de la anécdota, pero no nos quedó del todo claro qué sentido profundo podría esconder todo este acontecimiento literario ocurrido, con lo cual nos queda cierta sensación efímera al analizar el impacto de los contenidos del texto, la dimensión del proyecto estético ideado. Es, si se nos permite una vez más el uso del lenguaje figurado, la impresión de un instante donde las cosas terminan como comenzaron: sin crisis, sin tensiones de peso y de manera inesperada. Esto nos lleva a considerar que La única hora de Alberto Hernández es una buena novela de un mejor poeta al que, a juzgar por las últimas publicaciones realizadas, posiblemente volvamos a ver incursionando en este género.

Referencias bibliográficas

Título: La única hora

Autor: Alberto Hernández

Editorial: Ediciones Estival

Lugar: Venezuela

Año: 2016

Páginas: 149

La única hora Alberto Hernández

Acerca de Omar Osorio Amoretti

Omar Osorio Amoretti. Caracas (1987) es profesor e investigador (USB | UCAB). Licenciado en Letras y maestría en Historia de Venezuela por la Universidad Católica Andrés Bello. Ha publicado: José Rafael Pocaterra y la escritura de la historia (Equinoccio, 2018).
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