La ambigüedad del artilugio. Peregrino interno, de Gustavo Luis Carrera.


Peregrino interno, Gustavo Luis Carrera. Dilatar la Pupila.

Peregrino interno, de Gustavo Luis Carrera.

Reseña de Omar Osorio Amoretti sobre la novela Peregrino interno, del escritor venezolano Gustavo Luis Carrera.

Por Omar Osorio Amoretti

@osorioamoretti

     Aquellos venezolanos que tengan la memoria suficiente de las noticias que ocurren en el país recordarán que el día 20 de julio del año 2001 algunos periódicos impresionaron a la opinión pública con la noticia del rescate por parte de la policía de una chica que estaba desaparecida. Las imágenes mostraron un rostro extremadamente desfigurado, producto de una golpiza brutal (y sería solo la punta de un iceberg que los estudios médicos encontrarían en el resto del cuerpo). Al principal sospechoso, Luis Antonio Carrera Almoina, se le había privado de su libertad, por lo que su padre, Gustavo Luis Carrera (Sucre, 1933), temiendo por su vida (había sido asignado a la cárcel del Rodeo I, donde es común asesinar a los reos acusados de violación) toma la decisión de sacarlo de su casa (se vale de la ayuda tanto del chofer como del auto de la Universidad Nacional Abierta, de donde era rector) y esconderlo. Sus acciones darían pie para que, una vez que los organismos del Estado lo interroguen y capturen a todas las personas implicadas en el hecho, se le abra un juicio en el cual saldrá culpable y cumplirá un período breve en prisión. Los medios bautizaron el caso con el nombre de “El monstruo de Los Palos Grandes”, y es toda esta experiencia la que el escritor re-construye en su última novela titulada Peregrino interno.

     Tal vez la primera aproximación crítica que se le ha hecho a esta obra provenga de la contraportada misma del libro, en donde se establece que “Seguramente Peregrino Interno  es la primera novela venezolana referida específicamente al ámbito de los presos comunes; y además escrita a partir de la imborrable experiencia propia”. Este paratexto ha devenido en un influyente modelador de la interpretación de la obra así como su potencial valor dentro de la historia literaria venezolana[1]. En consecuencia, no habría que ser muy agudo para imaginar que el posible interés del lector de la novela se enfoque sobre la premisa de estar leyendo un hecho verdadero (en tanto materialización verbal de una experiencia dolorosa e injusta)  de gran actualidad en nuestra sociedad y al mismo tiempo lúdico en los modos de construir un texto narrativo.

     La verdad es que  más atractiva no podría ser la naturaleza de esta publicación, pues si algo ha llamado la atención tanto a teóricos literarios como a creadores es ese difuso y nunca estable límite existente entre la vida y la literatura.

    Sin embargo, no es verdad que Peregrino interno sea la primera novela venezolana sobre los presos comunes (más aún: tal vez no sea del todo cierto que sea una novela sobre los presos comunes, pero eso sería entrar en otra discusión). Si entendemos el término expuesto como una narración cuyo eje simbólico radica en la construcción de personajes bajos asociados a la delincuencia o inmersos en un mundo propio de estos (la cárcel y sus consecuencias, por ejemplo) debemos admitir que la novela de Carrera llegó tarde para las innovaciones temáticas. Al contrario, viene a enfilar una larga tradición de textos carcelarios cuyo antecedente más antiguo (que yo recuerde) se remonta al Diario de mi prisión en San Carlos (1906) de Diego Antonio Paredes, hasta llegar a su máximo virtuosismo con las Memorias de un venezolano de la decadencia (1936) de José Rafael Pocaterra, sin duda momentos iniciales de una larga serie de títulos que cada cierto tiempo aparecen con mayor o menor impacto en los lectores de su momento (Puros hombres [1938] de Antonio Arráiz; Guasina. Donde el río perdió las 7 estrellas [1959] y Se llamaba SN [1964] de José Vicente Abreu; Retén de Catia [1972] de Juan Sebastián Aldana; Los Cachorros del Pentágono [1973] de Ángel Raúl Guevara; Soy un delincuente [1974] de Ramón Antonio Brizuela; Los topos [1975], de Eduardo Liendo; y Cárcel del tiempo [1978] de Carlos Jesús Farías).

     Tampoco podría considerarla una novela sobre los presos comunes en tanto que transmite la experiencia de un hombre común junto con otros apresados de igual condición. Y es que el protagonista de la novela se define a sí mismo como un “preso político”, algo muy diferente a esta lectura de la contraportada pues, como bien dice en algún pasaje: “El preso político es, en una escala pública de valores, espiritualmente, un aristócrata; frente al pobre indigente que es el preso común” (p. 233). Menuda concepción la de este “preso común” que habrá de emprender, como Dante, un viaje lleno de experiencias insólitas que, a falta de geografía por recorrer, se hará de afuera hacia adentro de sí mismo (de ahí a captar el título de la obra hay un solo paso).

     No deja de ser interesante la naturaleza del enunciado: novela de los presos comunes. ¿Qué tipo de relato podría ejecutar este tipo de acción? Solo aquel que se construye sobre la base del lenguaje como instrumento representativo de una condición social empíricamente comprobable. En consecuencia, la creación de los personajes se percibe como un signo que delata una realidad en el mundo del lector. Hablar en este texto de los presos comunes es para él, como mencioné líneas arriba, reconstruir una condición de mucha vigencia en su actual contexto sociopolítico. Pero la pregunta al respecto no deja de ser importante, aunque parezca innecesaria: ¿es realmente un testimonio fiel de lo vivido por el autor en sus días de prisión? ¿Es un truco, una artimaña con la cual descolocar las experiencias de lecturas habituales del receptor contemporáneo? No se deberían descartar las incógnitas si se toma en cuenta que el subtítulo que acompaña a la obra dice “Novela abierta”, y aunque en la contraportada esto se entienda como un producto “sin término; fuera de la estructura modélica tradicional; abordable a voluntad: sin una cronología forzosa y plausible de supresiones” prefiero verlo, en cambio, como el guiño que nos advierte la relatividad de las lecturas que de él se hagan, donde ante todo prevalece una palabra para algunos muy rica y para otros incómoda y hasta molesta: ambigüedad. Sí: es novela abierta porque es ante todo una construcción cuya semántica es multívoca. Una de esas interpretaciones está en el paratexto ya mencionado.

    Tomando en cuenta estos aspectos que confluyen en la intelección del texto, considero a esta obra el resultado mixto del discurso propio de la literatura carcelaria (la cual puede asociarse a otras categorías: novela política, social, testimonial, etc.) y aquello que algunos teóricos europeos de finales del siglo XX han denominado la autoficción. Parto, entonces, del principio de que no estamos ante un producto elaborado con ingenuidad, imbuido de buenos ideales (la denuncia de la injusticia del sistema judicial venezolano) y fines prácticos en la comunidad lectora (cambiarla, concientizarla, agitar su posible alienación), sino de una literatura altamente lúdica que zarandea los espacios conceptuales básicos del lector moderno, a saber, las dicotomías realidad-ficción, suceso-imaginación, vida-obra.

     Y es que lo primero que hace Carrera es forjar una máscara verbal con la cual difuminar estos espacios conquistados por la modernidad cultural occidental. Hay información extraliteraria que alude a su vida, pero sin exponerla en su totalidad. Así, al protagonista se le conoce como El Profesor (el autor mismo ha sido profesor universitario e investigador del Instituto de Investigaciones Literarias de la Universidad Central de Venezuela), tiene un cargo como rector de una universidad (para el momento lo era de la Universidad Nacional Abierta) y es escritor. Ninguno de esos detalles aparece en la obra, y sin embargo están ahí, en una –cómo negarla– distancia nominal, aunque aparente, de naturaleza arbitraria. Ahora bien, ¿quien reciba el mensaje podría diferenciar el discurso biográfico del testimonial o el novelesco? Es muy probable que no, y esta incapacidad demuestra no tanto la posible escasa formación teórica de quien lee como la disposición orquestada del creador en promover esta impresión.

     Asimismo, es evidente que Carrera conoce muy bien la retórica novelística carcelaria, la cual básicamente se caracteriza por cuatro elementos: 1. La construcción de una geografía cerrada, marcada por la reclusión propia que trae la prisión. 2. El desarrollo de personajes maniqueos; 3. La denuncia a través del relato de situaciones sociales anómalas con equivalencia en el mundo real; 4. La consecución de una recepción social que incida lo más eficiente posible en el espacio de lo político.

     Ninguno de los reos que llega a conocer el protagonista está en prisión por habérseles comprobado los delitos. En el mejor de los casos no tuvieron el debido proceso. A uno de los personajes, Guayo,  lo meten preso al compartir un taxi con un amigo de quien no sospechaba que iba a atracar al conductor, con la ironía de que este choca y el único que logra escapar es el ladrón y no él, pues el chofer lo agarra justo en el momento en que pasa una patrulla policial. Las averiguaciones no fueron necesarias, pues, como dice el personaje, “¿Usted cree que la policía necesita más de eso para encerrarlo a uno?” (p. 281). El Mexicano vuelve a prisión por un asunto de drogas, no sin antes habérsele suspendido la condena que llevaba once años cumpliendo “porque de pronto descubrieron que las pruebas [se trata de un delito anterior en el cual estuvo implicado] no pasaban de ser indicios” (p. 258).

     La mala suerte de estos tristes seres suele ser tan enrevesada (por no decir bizantina) que casi podría decirse que la culpa de que un personaje como Predicador haya cometido un crimen y la “negra nube de la desdicha” se haya posado sobre él es del autor mismo (o de Dios, que en la materia que nos corresponde es casi lo mismo): “Ahí le digo: <<¡Mira, gran carajo, no te jodo cuando estoy en ventaja, porque no soy un asesino! ¡Deja esta vaina de este tamaño!>> Y le di la espalda, para irme; pero sin guardar el puñal en la funda. Cuando en eso siento los pasos del tipo, que tenía unas botas enormes, corriendo detrás de mí. Ahí, al oír los pasos, me volteo, con el puñal en la mano; y el tipo se ensartó solito. Él mismo. Solito. Y, como si hubiera escogido su muerte, se lo clavó en el corazón.” (!) (p. 299. Las cursivas son mías). De más está decir que si tan mala suerte tuvo en esto, que la Policía Técnica Judicial lo metiera en prisión “porque no había pruebas de que [él] había actuado en defensa propia” habiendo testigos en la pelea era algo más que un acto de injusticia: se trataba de lo extraordinario hecho cotidiano.

     Pero quizás el elemento más resaltante dentro de la novela sea la reflexión que se hace sobre el hecho de ser un prisionero. El reo y su psicología, el reo y su condición humana. Cada etapa que vive El Profesor pareciera estar llena de una sensibilidad vívida capaz de permitirle enumerar a lo largo de su historia una serie de enunciados de altura poética sobre el significado de esa palabra malhadada. Los ejemplos, para quien los haya leído, recordarán una letanía lírica tan precisa como trágica:

“Preso es preso; y su apellido es cadenas” (pp. 199 y 398).

“Preso es preso; y su apellido es inseguridad” (p. 209).

“¡Preso es preso, Carajo! ¡Y su apellido es soledad!” (p. 284).

“¡Preso es preso, no joda! ¡Y su apellido es sobrevivir!” (p. 286).

     Que en fondo demuestran el conocimiento previo que tiene el autor de esta tradición literaria en Venezuela, pues la pegada de la frase viene de Antonio Arráiz, quien en Puros hombres la inmortalizó cuando esculpió en acento de piedra:

“Preso es preso, y su apellido es calabozo”.

     Y así hallamos coincidencias de peso en la novela con las que se han producido antes, en especial con las obras de Pocaterra y Arráiz ya mencionadas. En todas existe un cuentacuentos (Oriente en Gustavo Carrera; Encarnación en Pocaterra y el viejo Gaspar en Arráiz), un carcelero violento y mandón (un joven comisario en Carrera y en Pocaterra el inolvidable Nereo Pacheco) cuando no un juego deliberado con las estructuras narrativas (bien pueden comenzar en forma de relatos como cambiar al discurso de un diario, en caso de que no se trate de sustitución de planos de enunciación; en algún momento se narran hechos con objetividad y en otros se reflexiona sobre la función del acto de escribir). Al fin y al cabo, lo importante de esto es que no existe una elaboración artística ex nihilo y la presencia de estas constantes en la escritura desmontan cualquier visión adánica y espontánea en la construcción de esta novela.

    Iniquidad sistemática, malicia gubernamental, todo está fríamente calculado para la tensión entre la historia y los posibles valores de quien lo decodifique. Si en algún momento esta impresiona y conmueve, el lector no debe sentirse avergonzado: todo es el resultado de una táctica discursiva que está cumpliendo muy bien su función.

     Pero nada de lo expuesto aquí es un desmérito, pues enmarca en su justa dimensión un producto que incursiona con éxito en un género marcado históricamente por patrones de producción muy rígidos. Así las cosas, la innovación en los modos de abarcar los conceptos de realidad / ficción dentro de la tradición literaria nacional y la calidad inventiva de la historia, así como su engranaje con el contexto social en el cual surge, convierten a Peregrino interno en una parada obligatoria para el lector acucioso de la historia literaria venezolana y latinoamericana, sin menoscabo de aquellos interesados en leer buenas historias.

Información bibliográfica

Título: Peregrino interno (novela abierta).

Autor: Gustavo Luis Carrera.

Editorial: Bid & co. editor.

Año: 2014.

Páginas: 447.

 

[1] Véase el artículo que Ricardo Gil Otaiza escribe en El Nacional. “La novela de los presos políticos”, domingo 27 de julio de 2014. Hay disponible una versión digital en http://www.eluniversal.com/opinion/140727/la-novela-de-los-presos-comunes (visitado el 9 de octubre de 2014).

Acerca de Omar Osorio Amoretti

Omar Osorio Amoretti. Caracas (1987) es profesor e investigador (USB | UCAB). Licenciado en Letras y maestría en Historia de Venezuela por la Universidad Católica Andrés Bello. Ha publicado: José Rafael Pocaterra y la escritura de la historia (Equinoccio, 2018).
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