Oswaldo Vigas, la pintura de sí mismo


   Pintor de raza. Es uno de los artistas latinoamericanos más importantes que aún está entre nosotros y sigue*. Desde su taller, su sitio seguro, junto a todas sus obras, dibuja una vida maravillosa.

   A golpe de 6 de la tarde baja al estudio. Es un animal nocturno. Le encienden la radio, una AM. El olor a óleo, disolvente y madera ya es parte de las paredes. El maestro toma cuatro pinceles, tal como espadas que han visto mil batallas. A leguas se les notan las huellas de la guerra. Deja tres en su mano izquierda y con la derecha comienza su diálogo infinito con el lienzo. “Lo he dado todo por el arte”, dice.

   Se ve frágil, delicado, tal como la cerámica. Va por la casa sentado sobre una silla ejecutiva. El tiempo es un titán inclemente con los mortales. Pero el maestro tiene ese destello en la mirada. Si el alma tiene alguna manifestación física, está en los ojos y en la sonrisa de Vigas. Tras los lentes oscuros y con todos esos años a cuestas, ahora es cuando hay Vigas.

   Ya han pasado 61 años desde que le dieron el Premio Nacional de Artes Plásticas, el Premio Boulton y el Premio Arturo Michelena –“los tres de un solo trancazo”, dice–. Él junto con el ecuatoriano Oswaldo Guayasamín son los dos artistas plásticos más influyentes de América Latina.

   Sin embargo, uno de los momentos que más recuerda es la tarde que lo premiaron en el Ateneo de Valencia, en el año 1942, por unas ilustraciones para poemas de Arturo Machado y María Clemencia Camarán. El día de la premiación, el joven Vigas se sentó al fondo del salón. Cuando lo llamaron a recibir su premio, los demás asistentes murmuraban a cada paso del artista en ciernes. “Mientras iba caminando por el salón a recibir el premio, oía a la gente hablar. Llevaba pantalones cortos. En esa época era costumbre que los de mi edad vistieran así”. Tenía 16 años. Desde pequeño fue un provocador.

   Oswaldo Elías Vigas Linares no fue, de pequeño, a la escuela de artes. “En la Valencia de mi infancia no había escuelas de pintura. Braulio Salazar, un pintor de la zona, –que luego fue Premio Nacional de Artes Plásticas en 1976– tenía algunos estudiantes. Cobraba cinco bolívares por cada alumno, pero yo no tenía esa cantidad, entonces no fui. Soy un autodidacta”. En la escuela primaria hacía teatro –“más que todo comedias”, dice–. Como lo veían dibujando le propusieron que decorara los telones de fondo.

   Su infancia se dibujó entre la pintura y ver al ganado pasar desde la ventana de su casa. “En el patio cultivábamos la mayoría de los alimentos que comíamos”. Es el segundo de cuatro hermanos entre el doctor José de Jesús Vigas y Nieves Linares. Ella, que desciende del gran artista valenciano Arturo Michelena, fue fundamental en la vida del joven Vigas.

   “Cuando nací, mi padre tenía 80 años. Estaba ciego y paralítico. Ejerció la medicina durante 50 años. Su época más importante fue en Puerto Cabello”. Vigas pide una taza de café. Está sentado frente a un pequeño escritorio de madera. Las manos reposan junto a los controles remotos que dirigen su entretenimiento de la tarde. Llega el café humeante. “Sin azúcar”, en una taza de peltre.

   Su madre era una mujer recia. Crió a todos sus hijos para prepararlos a enfrentar un mundo complicado. “En esa Valencia mataban a la gente en la calle. Terrible. A veces se intentaban meter en la casa. Mi madre se paraba en la puerta con machete en mano y decía: ‘El primero que pase le corto la cabeza’. Nosotros estábamos aterrados tras ella”, recuerda Vigas.

   La herencia de su padre se tradujo en la práctica de la masonería. “Francmasón”, apunta el maestro. “Asistí a la logia de muchacho, luego, de grande, me hice masón. Dejé de ir porque me di cuenta de que los masones son como todo el mundo –se ríe–. Aunque la influencia de la masonería es muy importante en Venezuela y el mundo. Me fui alejando, pero en mi corazón sigo siendo masón”.

   Inquieto, siempre en busca de saber más, se fue a Mérida a estudiar medicina y seguir pintando. “Estaba metido en todo. Me iba a las plazas a dar discursos sobre política. Con algunos compañeros de la universidad fundamos un periódico que se llamaba Tribuna Universitaria. Salía todas las semanas, ¡y se vendía! Yo hacía algunos textos y las caricaturas”. Gracias a esa pasantía periodística se convirtió en objetivo político. “Cuando cayó Rómulo Gallegos, recién comenzado el periodo de Pérez Jiménez, me dijeron que tenía que salir de Mérida lo antes posible. De inmediato tomé todas mis cosas y me fui a Caracas”. Allí terminó de titularse como Médico Cirujano en la Universidad Central de Venezuela. Carrera que nunca ejerció.

    Amor a la francesa

   Las calles del París de la década de los 50 eran la inspiración de escritores, músicos y pintores de todo el mundo. Oswaldo Vigas, médico y con tres importantes premios de arte en la maleta, tenía el norte puesto en la Ciudad Luz. “París era el centro cultural de Occidente. ¡Todos iban a París! Estudié en la Escuela de Artes Plásticas. Iba a veces. Esa relación era solo para tener un carnet  de estudiante, pero ya vivía de la pintura”.

   La efervescencia del momento que vivió le permitió absorber nuevos modos. Su gusto por las artes se volvió exquisito y refinado. Aprendió francés en poco tiempo para poder entender ese episodio de la historia y hasta participar de ella. “Cuando tenía 22 años, Guayasamín llegó de sorpresa a mi casa en París. Me dijo: ‘Vengo porque tú y yo somos los dos grandes artistas de América. Tengo que hacer un retrato tuyo”. Ahora Vigas habla mientras la versión hecha por el famoso pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín lo mira desde atrás.

   “He querido a mucha gente y mucha gente me ha querido”. Entre varios de los artistas que compartieron con él en esos 12 años que estuvo en Francia, el español Pablo Picasso fue su amigo entrañable. Ya mayor, el gran maestro Picasso le pedía consejos al joven Vigas. “Cuando nos despedimos por última vez nos pusimos a llorar. Me hizo prometerle que volvería, lo cual nunca pude cumplir”.

   Pero lo más importante de su estadía en Francia, sin duda es Janine Castès. Ella es una mujer amable, presta, hermosa y el amor eterno de Oswaldo. “Es un tremendo”, dice Janine, la esposa de Vigas, con ese acento francés que le da a sus palabras en español. Se conocieron en una reunión en París que congregó a varios artistas latinoamericanos. “Cuando entré al salón estaban tocando una música venezolana, que por casualidad puede bailarse como un vals. Oswaldo me sacó a bailar. Así comenzó todo”. Y de ese amor salió Lorenzo Vigas, biólogo molecular de estudios y cineasta de pasión.

    Espejo de sí

   Para el maestro, reconocido en todas partes del mundo por sus exposiciones en los museos más renombrados, el arte puro es una consecuencia orgánica del reflejo del alma. “El arte no se estudia, luego que está hecho puede estudiarse, pero el arte se hace. En principio todo el mundo es autodidacta. Todo el mundo aprende con el trabajo. El pintor se hace trabajando. Por más que estudie, sin trabajo no llega a nada. Porque la pintura es la obra personal y no puedes hacer nada de eso si uno no se conoce a sí mismo”. Bien que el maestro ha pintado, pero “todavía viejo como estoy sigo aprendiendo”.

   Hace ocho años sufrió un accidente cerebro vascular. “Afortunadamente, lo más importante: su mano derecha, tiene su trazo fuerte de siempre”, dice Janine con su sonrisa. A pesar de que es un hombre de 87 años su espíritu sigue abrazado a la vida con fuerza.

   Coleccionista

   La casa de Vigas es un lugar encantador. Primero aparecen los gatos, que con su andar sigiloso y placentero, van dando curvas por las patas de los muebles. No hay un espacio en blanco en las paredes. Obras de amigos y gente admirada son testigos de todos los que habitan el lugar. Casi todas las obras que posee fueron conseguidas por el trueque. “La mayoría las he conseguido dando a cambio pinturas mías, otras sí me han costado”. Arte asiático, egipcio, africano. Óleos, grabados y cerámicas. Vigas vive en su museo personal.

   Vigas sigue. “La pintura no es una filosofía, es un oficio. Hay que hacer, hay que sufrirla”.  Parece que el tiempo no pasa. El sol da sus últimas brazadas y todavía queda Vigas que contar. “La pintura ha sido la fuente de conocimiento de mí mismo”. Así se despide, con una sonrisa que delata mundos increíbles que solo los mortales podemos verlos en sus obras.

   Vigas en letras

   El maestro ya superó la mortalidad. Toda su obra ha recorrido el mundo y sigue siendo altamente cotizada. Incluso, tanta es la demanda por la obra de Vigas que la falsifican. “Algunos llegan a mí llorando para que les diga que la pintura en la que gastaron tanto no es falsa”.

   Sin embargo todo su trabajo, y el que sigue haciendo, será recogido en un libro de gran formato. Todas las etapas: desde sus inicios hasta lo más reciente, comentado por grandes artistas y estudiosos de las artes plásticas. Un viaje por toda la trayectoria de un artista que representa la identidad latinoamericana a pincel y lienzo.

* El encuentro con Oswaldo Vigas se sostuvo en la ciudad de Caracas el 14 de febrero de 2013.

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Acerca de Boris Saavedra

Periodista y profesor universitario. Interesado en temas de Comunicación Digital, Gestión de Crisis y Cultura. Maestrante en IESA (MBA)
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