Cartas de Bolívar a J. Joaquín de Olmedo


 En este artículo leerás las opiniones de Simón Bolívar del poema «Canto a Junín», del escritor ecuatoriano José Joaquín de Olmedo, acompañado de algunos comentarios previos de Omar Osorio Amoretti.

 

No abundan en los documentos escritos durante la época emancipadora latinoamericana las disertaciones sobre la literatura (más conocida en ese momento como bellas letras) y el arte. Se trata de una consecuencia coyuntural que no requiere mayor explicación. Sin embargo, esto no impidió que a lo largo de la guerra se escribieran poemas, se editaran novelas ni se representaran algunas piezas dramáticas. Orientados en su mayoría a la satisfacción de nuevas necesidades sociopolíticas, su presencia mantuvo (aunque reducido y desarticulado) un espacio de discusión sobre estos artificios estéticos entre las élites dirigentes.

   A finales de junio de 1825, el escritor ecuatoriano José Joaquín de Olmedo le envía al general Simón Bolívar, quien se encuentra en Cuzco) una serie de cartas junto a un poema suyo titulado “La victoria de Junín. Canto a Bolívar” (“Canto a Junín” en la tradición popular). La obra, de marcado cuño neoclásico, alababa la gesta libertadora de aquellos próceres que llevaban a cabo la campaña del sur y convertía al líder de la expedición en un símbolo de la lucha de la libertad contra el despotismo. Impresionado por su lectura y luego presionado por el mismo Olmedo, el Libertador se ve en la obligación de emitir una opinión de lectura, por lo cual lo que en su origen estaba destinado a ser una carta de agradecimiento con algunos comentarios generales (carta del 27 de junio del mismo año) termina por ser dos, esta última mucho más minuciosa en sus señalamientos.

   Si bien estos testimonios epistolares han sido interpretados por algunos como una prueba irrefutable de un Bolívar crítico literario (opinión que, dicho sea de paso, no compartimos), lo cierto es que hoy en día constituyen una fuente imprescindible para conocer una idea tanto individual como colectiva del hombre letrado latinoamericano decimonónico. Una lectura atenta nos muestra su visión del arte, así como los aspectos que lo construyen o desvían. Las referencias culturales aludidas, los consejos ofrecidos para escribir mejor poesía, los posibles errores compositivos que afectan la estructura de los versos se convierten en un indicador fiable de valores compartidos específicos que suele formarse en torno al hecho artístico a lo largo de la historia.

 Carta de Simón Bolívar a José Joaquín de Olmedo

   Cuzco, 27 de junio de 1825.

   Señor José Joaquín de Olmedo.

            Querido amigo:

Canto a Bolívar, de José Jaquín de Olmedo. Simón Bolívar. Dilatar la Pupila. Literatura

Portada de «Canto a Bolívar», 1869, Editorial Bogotá M. Rivas.

Hace my pocos días que recibí en el camino dos cartas de Vd. y un poema: las cartas son de un político y un poeta, pero el poema es de un Apolo. Todos los calores de la zona tórrida, todos los fuegos de Junín y Ayacucho, todos los rayos del Padre Manco Capac, no han producido jamás una inflamación más intensa en la mente de un mortal. Vd. dispara….., donde no se ha disparado un tiro; Vd. abraza la tierra con las ascuas del eje y de las ruedas de un carro de Aquiles que no rodó jamás en Junín; Vd. se hace dueño de todos los personajes: de mí forma un Júpiter; de Sucre un Marte; de La Mar un Agamenón y un Menelao; de Córdoba un Aquiles; de Necochea un Patroclo y un Ayax; de Miller un Diomedes, y de Lara un Ulises. Todos tenemos nuestra sombra divina y heroica que nos cubre con sus alas de protección como ángeles guardianes. Vd. nos hace a su modo poético y fantástico.; y para continuar en el país de la poesía a ficción y la fábula, Vd. nos eleva con su deidad mentirosa, como el águila de Júpiter levantó a los cielos a la tortuga para dejarla caer sobre una roca que le rompiese sus miembros rastreros: Vd., pues, nos ha sublimado tanto, que nos ha precipitado al abismo de la nada, cubriendo con una inmensidad de luces el pálido resplandor  de nuestras opacas virtudes. Así, amigo mío, Vd. nos ha pulverizado con los rayos de su Júpiter, con la espada de su Marte, con el cetro de su Agamenón, con la lanza de su Aquiles, y con la sabiduría de su Ulises. Si yo no fuese tan bueno y usted no fuese tan poeta, me avanzaría a creer que usted había querido hacer una parodia de la Ilíada con los héroes de nuestra pobre farsa. Mas no, no lo creo. Vd. es poeta y sabe bien, tanto como Bonaparte, que de lo heroico a lo ridículo no hay más que un paso, y que Manolo y el Cid son hermanos, aunque hijos de distintos padres. Un americano leerá el poema de Vd. como un canto de Homero; y un español lo leerá como un canto de “Facistol” de Boileau.

   Por todo doy a Vd. las gracias penetrado de una gratitud sin límites.

  Yo no dudo que usted llenará dignamente su comisión a Inglaterra; tanto lo he creído, que habiendo echado la faz sobre todo el Imperio del Sol, no encontré un diplomático que fuese capaz de presentar y negociar por el Perú más ventajosamente que Vd. Uní a Vd. un matemático, porque no fuese que llevado Vd. de la verdad poética, creyese que dos y dos formaban cuatro mil; pero nuestro Euclides ha ido para abrirle los ojos a nuestro Homero, para que no vea con su imaginación sino con sus miembros, y para que no le permitan que lo encanten con armonías y metros, y abra los oídos solamente a la prosa tosca, dura y despellejadora de los políticos y de los publicanos.

   He llegado ayer al país clásico del sol, de los Incas, de la fábula y de la historia. Aquí el sol verdadero es el oro; los Incas son los virreyes o prefectos; a fábula es la historia de Garcilaso; la historia es la destrucción de los Indios por Las Casas. Abstracción hecha de toda poesía, todo me recuerda altas ideas, pensamientos profundos; mi alma está embelesada con la presencia de la primitiva naturaleza, desarrollada por sí misma, dando creaciones a sus propios elementos por el modelo de sus inspiraciones íntimas, sin mezcla alguna de las obras extrañas, de los consejos ajenos, de los caprichos del espíritu humano, ni el contagio de la historia de los crímenes y de los absurdos de nuestra especie. Manco Capac, Adán de los indios, salió de su Paraíso titicaco y formó una sociedad histórica, sin mezcla de fábula sagrada o profana.

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Retrato de José Jaquín de Olmedo. Dilatar la Pupila

José Joaquín de Olmedo

   Dios lo hizo hombre, él hizo su reino, y la historia ha dicho la verdad; porque los monumentos de piedra, las vías grandes y rectas, las costumbres inocentes y la tradición genuina, nos hacen testigos de una creación social que no tenemos ni idea, ni modelo ni copia. El Perú es original en los fastos de los hombres. Esto me parece, porque estoy presente, y me parece evidente todo lo que, con más o menos poesía, acabo de decir a Vd.

   Tenga Vd. la bondad de presentar esta carta al señor Paredes y ofrezco a Vd. las sinceras expresiones de mi amistas.

   Bolívar.

   1825

Segunda carta de Simón Bolívar a José Joaquín de Olmedo

   Cuzco, 12 de julio de 1825.

   Señor don José Joaquín de Olmedo.

   Mi querido amigo:

  Anteayer recibí una carta de Vd. Del 15 de mayo, que no puedo menos de llamar extraordinaria, porque usted se toma la libertad de hacerme poeta sin yo saberlo, ni haber pedido mi consentimiento. Como todo poeta es temoso, Vd. se ha empeñado en suponerme sus gustos y talentos. Ya que usted ha hecho su gasto y tomado su pena, haré como aquel paisano a quien hicieron rey de una comedia y decía: “Ya que soy rey, haré justicia”. No se queje Vd., pues, de mis fallos, pues como no conozco el oficio daré palos de ciego por imitar al rey de la comedia que no dejaba títere con gorra que no mandase preso. Entremos en materia.

   He oído decir que un tal Horacio escribió a los Pisones una carta muy severa, en la que castigaba con dureza las composiciones métricas; y su imitador, M. Boileau, me ha enseñado unos cuantos preceptos para que un hombre sin medida pueda dividir y tronchar a cualquiera que hable muy mesuradamente en tono melodioso y rítmico.

   Empezaré usando de una falta oratoria pues no me gusta entrar alabando para salir mordiendo; dejaré mis panegíricos para el fin de la obra, que, en mi opinión, los merece bien, y prepárese Vd. para oír las inmensas verdades, o, por mejor decir, verdades prosaicas, pues Vd. sabe muy bien que un poeta mide la verdad de un modo diferente de nosotros los hombres de prosa. Seguiré a mis maestros.

   Vd. debió haber borrado muchos versos que yo encuentro prosaicos y vulgares: o yo no tengo oído musical, o son……o son renglones oratorios. Páseme Vd. el atrevimiento; pero Vd. me ha dado este poema y yo puedo hacer de él cera y pabilo.

   Después de esto, Vd. debió haber dejado este canto reposar como el vino en fermentación para encontrarlo frío, gustarlo y apreciarlo. La precipitación es un gran delito en un poeta. Racine gastaba dos años en hacer menos versos que Vd., y por eso es el más puro versificador de los tiempos modernos. El plan del poema, aunque en realidad es bueno, tiene un defecto capital en su diseño.

Bolívar, por Gilbert F. 1826. Dilatar la Pupila

Bolívar, por Gilbert F. 1826

Vd. ha trazado un cuadro muy pequeño para colocar dentro un coloso que ocupa todo el ámbito y cubre con su sombra a los demás personajes. El Inca Huaina-Capac parece que es el asunto del poema: él es el genio, él la sabiduría, él es el héroe, en fin. Por otra parte, no parece propio que alabe indirectamente a la religión que le destruyó; y menos parece propio aun que no quiera el restablecimiento de su trono por dar preferencia a extranjeros intrusos, que, aunque vengadores de su sangre, siempre son descendientes de los que aniquilaron su imperio: este desprendimiento no se lo pasa a Vd. nadie. La naturaleza debe presidir en todas las reglas, y esto no está en la naturaleza. También me permitirá Vd. que le observe que este genio Inca, que debía ser más leve que el éter, pues que viene del sueño, se muestra un poco hablador y embrollón, lo que no le han perdonado los buenos poetas al buen Enrique en su arenga a la reina Isabel, y ya Vd. sabe que Voltaire tenía sus títulos a la indulgencia, y, sin embargo, no escapó de la crítica.

   La introducción del canto es rimbombante: es el rayo de Júpiter que parte a la tierra atronar a los Andes que debe sufrir la sin igual fazaña de Junín. Aquí de un precepto de Boileau, que alaba la modestia con que empieza Homero su divina Ilíada; promete poco y da mucho. Los valles y la sierra proclaman a la tierra: el sonsonete no es lindo; y los soldados proclaman al general, pues que los valles y la sierra son los muy humildes servidores de la tierra.

   La estrofa 360 tiene visos de prosa: yo no sé si me equivoco; y si tengo culpa, ¿para qué me ha hecho Vd. rey?

   Citemos para que no haya disputa, por ejemplo el verso 720: (*)

            Que el Magdalena y al Rimac bullicioso….

   Y este otro, 750:

             Del triunfo que prepara gloríoso….

   Y otros que no cito por no parecer riguroso e ingrato con quien me canta.

 La torre de San Pablo será el Pindo de Vd. y el caudaloso Támesis se convertirá en Helicona: allí encontrará Vd. su canto de esplín, y consultando la sombra de Milton hará una bella aplicación de sus diablos a nosotros. Con las sombras de otros muchos ínclitos poetas, Vd. se hallará mejor inspirado que por el Inca, que, a la verdad, no sabría cantar más que yaravís. Pope, el poeta culto de Vd., le dará algunas lecciones para que corrija ciertas caídas de que no pudo escaparse ni el mismo Homero. Vd. me perdonará que me meta tras de Horacio para dar mis oráculos: este criticón se indignaba de que durmiese el autor de la Ilíada, y Vd. sabe muy bien que Virgilio estaba arrepentido de haber hecho una hija tan divina como la Eneida después de nueve a diez años de estarla engendrando; así, amigo mío, lima y más lima para pulir la obra de los hombres. Ya veo tierra, termino mi crítica, o mejor diré mis palos de ciego.

   Confieso a Vd. humildemente que la versificación de su poema me parece sublime: un genio lo arrebató a Vd. a los cielos. Vd. conserva en la mayor parte del canto un calor vivificante y continuo; algunas de las inspiraciones son originales; los pensamientos nobles y hermosos; el rayo que el héroe de Vd. presta a Sucre es superior a la cesión de las armas que hizo Aquiles a Patroclo. La estrofa 130 es bellísima: oigo rodar los torbellinos y veo arder los ejes: aquello es griego, es homérico. En la presentación de Bolívar en Junín se ve, aunque de perfil, el momento antes de acometerse Turno y Eneas. La parte de Vd. da a Sucre es guerrera y grande. Y cuando habla de La Mar, me acuerdo de Homero cantando a su amigo Mentor: aunque los caracteres son diferentes, el caso es semejante; y por otra parte, ¿no será La Mar un Mentor guerrero?

  Permítame Vd., querido amigo, le pregunte ¿de dónde sacó Vd. tanto estro para mantener un canto tan bien sostenido desde su principio hasta el fin? El término de la batalla da [sic] la victoria, y Vd. al campo es pindárica, y a mí me ha gustado tanto que la llamaría divina.

   Siga Vd., mi querido poeta, la hermosa carrera que le han abierto las Musas con la traducción de Pope y el canto a Bolívar.

  Perdón, perdón, amigo; la culpa es de Vd. que me metió a poeta.

  Su amigo de corazón.

   Bolívar

Batalla de Junín. Martín Tovar y Tovar. Dilatar la Pupila. Arte venezolano

Batalla de Junín, Martín Tovar y Tovar, Óleo sobre lienzo, 1895.

Acerca de Omar Osorio Amoretti

Omar Osorio Amoretti. Caracas (1987) es profesor e investigador (USB | UCAB). Licenciado en Letras y maestría en Historia de Venezuela por la Universidad Católica Andrés Bello. Ha publicado: José Rafael Pocaterra y la escritura de la historia (Equinoccio, 2018).
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