Juicio del señor J. L. Ramos acerca de dos composiciones del señor J. H. García


   El “Juicio del señor J. L. Ramos acerca de dos composiciones del señor J. H. García” forma parte de la primera etapa de la crítica literaria nacional. En ella, José Luis Ramos hace una evaluación rigurosa a los versos que el poeta José Hermenegildo García (1806-1851) le facilitó para que le diera su opinión. Es fácil advertir que, a pesar de que nuestro crítico no se considera un censor sino un “aficionado de esa Venus de las bellas letras”, utiliza toda su preceptiva reglamentaria a la hora de evaluar los dos poemas. Estamos ante un modelo de crítica altamente prescriptiva, propia de la sociedad letrada influenciada por la estética neoclásica. En ella, la construcción del verso está codificada según el buen gusto que han marcado los autores clásicos tanto grecolatinos (Homero, Teócrito, Virgilio, Ovidio) como españoles (fray Luis de León, Fernando de Herrera, Gaspar Melchor de Jovellanos, José Manuel Quintana). Cualquier ruptura con dicho modelo es una incorrección que el crítico (bastante ducho en materia métrica, elemento esencial y medular de la creación literaria en su momento) hará notar y ayudará a corregir.

   No deja de llamar la atención la temática que desarrolla el poeta. Estos elementos grandilocuentes nos hablan indirectamente de qué era lo más apropiado para la poesía en tanto contenido. Todo esto, aunado a su temprana fecha de elaboración, hace de este texto un exponente valioso para el conocimiento de la historia literaria nacional en los albores de la era republicana.

Juicio del señor J. L. Ramos acerca de dos composiciones del señor J. H. García[1][2]

   El autor de la oda a la Imaginación y del Sacrificio de Ricaurte manifiesta las más felices disposiciones para la poesía; y sería demasiado sensible que no siguiera cultivándolas, por timidez o porque desesperara de conseguir la perfección. El parnaso tiene diversos grados: y si no es lícito a todos ascender a la cumbre, donde habitan Apolo y las Musas, pueden por lo menos algunos beber los raudales de Castalia, triscar en las praderas de Helicón, o dormitar a las sombrías faldas del Pindo. La poesía es, en mi concepto, el arte más dificultoso: así se ha dicho que Poeta nascitur, orator fit: por eso también creo que le han llamado el lenguaje de los dioses, para dar a entender que a ellos solo está reservado el hablarle. En efecto, ¿qué concurso tan feliz de circunstancias no se necesita para ser poeta? De los modelos de la naturaleza debe sacar unas copias tan parecidas que al verlas, creamos ver aquellos originales: sentir aquel fuego interior llamado imaginación que se inflama incesantemente: poseer un corazón que con más facilidad que el oído orgánico se penetre de la magia del número y de la armonía: concebir vastos pensamientos, fecundarlos y desarrollarlos con una energía irresistible; pero dejemos formar el retrato de un poeta a quien lo sea, y de quien pueda decirse con vida

Huic musae indulgent omnes, hunc poscit Apollo.

   El que esto escribe, es mero aficionado de esa Venus de las bellas letras, que ni con el ejemplo ni los preceptos se halla en aptitud de dirigir a nadie, ni menos ejercer el oficio de censor. Sin embargo, ya que el señor J. H. G. le honra con su confianza y amistad, procederá al examen de las dos composiciones que ha sometido a su criterio, deteniéndose antes en las siguientes observaciones.

   El primer consejo es que el señor G. procure adquirir algunos poetas clásicos griegos y romanos: leerlos con mucha reflexión, formando apuntes y anotaciones; y sobre todo ejercitarse en traducir en diferentes metros españoles alguno pasajes, o composiciones enteras: v.g. entre los griegos, de Homero, Hesiodo, Anacreonte, Teócrito, Mosco, Bion; entre los latinos, de Virgilio, Horacio, Ovidio, Catulo, Tíbulo, Propercio, Lucrecio. Si no entendiere las lenguas originales, deberá conseguir algunas buenas traducciones. Este ejercicio le enseñará a pensar como esos grandes ingenios, y el trabajo que exige una traducción le irá dando una gran destreza para las composiciones originales. Al mismo tiempo es preciso que tenga y lea cuidadosamente los poetas clásico españoles antiguos y modernos, como León, Garcilaso, Herrera, los Argensolas, Meléndez, Vaca de Guzmán, los dos Moratines, Quintana, Galegos.

   Lo segundo que yo aconsejaría al señor G. sería que estudiase sin cesar la mitología, y que la emplease con acierto en sus obras. Casi estoy sin decir que sin fábula no hay poesía, no porque constituya su esencia, sino porque es imposible hablar a la imaginación sin  emplear el lenguaje de los antiguos mitos. La fábula es una galería de pinturas, donde el poeta puede escoger a discreción las que más le agraden para animar sus cuadros. La alegoría proviene de la necesidad en que estaban los primeros hombres de recurrir a las figuras, a los símbolos para suplir la penuria de las lenguas. La debilidad humana se complace en recibir las lecciones que se le dan, y aun los errores que se quiera inculcarle, con tal que lo maravilloso la divierta y distraiga. Estas alegorías fueron las delicias de los griegos y romanos, y ahora son el arsenal común de todas las bellas artes. La naturaleza se conserva con ellas pintada en grande, y suministran a la poesía aquellas imágenes sublimes, aquel fuego divino, aquella alma vivificadora que mueva y anima el vasto cuerpo del universo. El cíngulo de Venus, y la cadena de Júpiter en Homero son emblemas muy risueños. La fábula convierte cada parte del mundo en una divinidad: las altas montañas se transforman en gigantes: el seno de los mares se puebla de dioses: la Dríada respira bajo la cortesa [sic] que la envuelve, y huye con Dafne por delante de Apolo, mientras que la amable Náyade, reclinada sobre su urna, derrama el agua cristalina que serpentea entre las rosas con que Flora ha esmaltado las praderas.  Oigamos decirlo en bellísimos versos a Voltaire:

Savante antiquité, beauté toujours nouvelle,
Monument du génie, heureuses fictions,
Envionnez-moi des rayons
De votre lumière inmortelle;
Vouz savez animer l’air, la terre, et les mers
Vouz embellissez l’univers.
Cet arbre à tête longue, aux rameaux toujours verts,
Vous embellissez l’univers.
Cet arbre à tête longue, aux rameaux toujours verts,
C’est Atys, aimé de Cybèle.
De l’éclat de leur vermillon
Flore avec le Zéphyr a peint ces jeunes roses.
Des baisers de Pomone on voit dans ce vallon
Les fleurs de mes pêchers nouvellement écloses.
Ces montagnes, ces bois, qui bordent l’horison
Sont couvert de metamorphoses.
Ce cerf aux pieds légers est le jeune Acteon;
Du chantre de la nuit j’entends la voix touchante:
C’est la fille de Pandion,
C’est Philomele gemisant.
Si le Soleil se couche, il dort avec Thétis.
Si je vois de Vénus la planète brillante,
C’est Vénus que je vois dans les bras d’Adonis;
Ce pole me présente Andromeda et Persée.
Leurs amours immortels échauffent de leurs feux
Les éternels frimats de la zône glacée:
Tout l’Olympe est pleuplé de héros amoureux.
Admirables tableaux ! séduisante magie !

 EL SACRIFICIO DE RICAURTE

   Los números siguientes corresponden a los de cada estrofa o sección el texto.

1

   Los consonantes en puros verbos como <<agítase, celébrase>>, y aun mucho más los adjetivos como <<sonorosa, cariñosa>>, deben evitarse con sumo cuidado en toda composición. Además, cariñosa es un adjetivo de puro ripio para consonar con sonorosa, y no añade ninguna idea nueva o agradable al sujeto de la frase. Esos cuatro primeros versos deben pues ser reemplazados por otros que expresen lo mismo, pero más noble y poéticamente. En lugar de glorias  y de glorioso, póngase alguna otra palabra, porque están muy cercanos, y esta repetición es una verdadera tautología.

2

   Advirtiendo el uso frecuente que el autor hace de la preposición en en lugar de con, conviene observar que, aunque es verdad que los buenos poetas han dado este ejemplo, es preciso seguirlo con moderación, y no emplear este giro a cada paso, porque argüiría pobreza.

5

   Puede evitarse la diéresis de furioso, que no suena muy bien, añadiendo después de será, mas y poniendo el verso así

Y el mayor hoy será….Mas quien furioso

   Los versos nunca deben escribirse divididos como los que están aquí. Esto solo se usa en las obras dramáticas por la interposición de los actores. En las descripciones de personas como ésta, el uso del artículo el  es mejor que el del posesivo: es decir, que en lugar de <<sus ojos, su boca, su semblante>>, estaría mejor <<los ojos, la boca y el semblante>>, o éste sin ningún artículo, diciendo <<con semblante feroz ahora recorre &.>>.

6

   <<Ricaurte, cuya frente &.>>, es mala construcción, porque <<ciñe>> se queda aquí sin sujeto, y si se supone que es Ricaurte (contra la leyes gramaticales) no parece noble decir que él mismo se ciñe su frente con laurel. Quizás se podría decir, conservando el consonante en ado,

Es el joven Ricaurte, a cuya frente
Previno lauro inmarcesible el hado.

   Pero en todo  caso corríjase.

9

   Esta estrofa es buena; pero la desluce el verso de <<o guerra a la española monarquía>>, que no conduce aquí a nada. Suprímase, pues, para que quede aquí sin este lunar.

10

   Después del y  no debe haber puntos suspensivos: en <<planta>>, debe haber dos puntos, y luego seguir <<y cual vese &.,&.>>. La repetición de las palabras por vía de hipérbole o como superlativo no caen bien siempre. Se necesita cierta gracia, cierta oportunidad para usarlas. Aun en excelentes poetas (especialmente de los modernos, porque lo antiguos no emplean casi nunca tal figura) se siente a veces fastidio por la frecuencia o por lo extemporáneo de estas repeticiones. En lugar, pues, de <<entran y entran, y a cien y cien pedazos>> yo pondría otra frase o palabras. Los tres últimos versos no están buenos ni conformes con la verdad. Boves no murió entonces, y así no puede decirse que el edificio voló y le llevó junto con Ricaurte al Tártaro &. Sustitúyanse otras ideas que al mismo tiempo sirvan de conclusión. La actual, pidiendo favor al numen, no tiene la energía necesaria para dejar en el ánimo del lector una impresión fuerte.

A LA IMAGINACIÓN.

1

   Llamar a la imaginación facultad tremenda, no me parece acertado; porque, aunque ella sea, según los casos, ya origen de placeres, ya de males, nunca le está bien un epíteto que presenta bajo un aspecto desagradable su poderío. La razón severa  y el juicio adusto  es una tautología. Esta estrofa debe refundirse toda entera.

3

   Esta estrofa nada tiene de poesía. Es preciso sustituirle otra enteramente nueva, o suprimirla.

4

    Merece conservarse íntegra.

   En general esta composición está trabajada con menos cuidado que la otra.

   Cuando el señor G. dé la última lima al Sacrificio de Ricaurte, agradeceré me mande una copia para que, si me lo permite, pueda yo hacerla insertar en uno de los periódicos del día. Es un rasgo heroico de nuestra historia, y merece perpetuarse.

   Caracas, octubre 23, 1830.


[1] Revista Literaria, Caracas, N° 5, 1865, pp.76-80.

[2] Todos conocen la Oda a Ricaurte; el señor García condenó al fuego la que celebraba la imaginación. (Nota de la Revista Literaria).

Acerca de Omar Osorio Amoretti

Omar Osorio Amoretti. Caracas (1987) es profesor e investigador (USB | UCAB). Licenciado en Letras y maestría en Historia de Venezuela por la Universidad Católica Andrés Bello. Ha publicado: José Rafael Pocaterra y la escritura de la historia (Equinoccio, 2018).
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